Necesitamos redes para no caer al vacío

jueves, 8 de mayo de 2014

El tiempo en un hilo

Estos días se cumple el primer aniversario de la muerte de Maruja Moragas.
Con ese motivo se ha presentado el libro que ella escribió en sus últimos meses de vida, consciente de que se iba y esperanzada por poder hacer bien con su testimonio a los que nos quedábamos.
¿Por qué recomiendo este libro? En primer lugar, porque es muy entretenido! Pero sobre todo, porque es la vida de una mujer fuerte, luchadora, que no se dejó amilanar por lo que ella llama "la madre de todas las crisis", el abandono que sufren ella y sus tres hijos por parte del marido y padre.
En estas memorias, Maruja Moragas habla de los recursos que almacenó  ella misma en su mochila, y los que otros fueron añadiendo a lo largo de las diferentes etapas. Esos recursos, llegado el momemto, le salvarían la vida. No la vida físicamente (que desgraciadamente se vio devastada por un cáncer que le dejó 8 meses de vida), sino la vida que ella quería dar a sus hijos, a sus familiares, a sus amigos, a sus colegas, a todos los que la conocimos y quisimos.
Si estás leyendo esta entrada porque a ti también te ocurrió algo similar, te aconsejo vivamente que leas sus memorias, testimonio de lucha y victoria sobre la adversidad.



martes, 18 de marzo de 2014

LA GRANDEZA DE SER FIEL


Parte de una entrevista a Monseñor Caffarra, cardenal de Bolonia,sobre los divorciados vueltos a casar:

Uno de los temas más citados por quien espera una apertura de la Iglesia a las personas que viven en situaciones consideradas irregulares es que la fe es una, pero que los modos de aplicarla a las circunstancias particulares deben conformarse a los tiempos, como siempre ha hecho la Iglesia. ¿Qué piensa usted de esto?
¿Puede limitarse la Iglesia a ir hacia donde la llevan los procesos históricos, como si fueran derivas naturales? ¿En esto consiste anunciar el Evangelio? Yo no lo creo, porque, si fuera así, me pregunto cómo se puede salvar al hombre. 

»Le cuento un episodio. Una esposa aún joven, abandonada por el marido, me dijo que vive en la castidad, pero que le cuesta un esfuerzo enorme. Porque, dice, “no soy una religiosa, soy una mujer normal”. Pero me dijo también que no podría vivir sin la Eucaristía. Por lo que, también el peso de la castidad se aligera, porque piensa en la Eucaristía. 

»Otro caso. Una señora con cuatro hijos ha sido abandonada por el marido después de veinte años de matrimonio. La señora me dijo que en ese momentoentendió que tenía que amar al marido en la cruz, “como ha hecho Jesús conmigo”. ¿Por qué no se habla de estas maravillas de la gracia de Dios? 

»¿Se han adaptado a los tiempos estas dos señoras? Claro que no se han adaptado a los tiempos. Le aseguro que me siento mal cuando tomo nota, en estas semanas de discusión, del silencio que ha calado sobre la grandeza de esposas y esposos que, abandonados, han permanecido fieles

jueves, 13 de febrero de 2014

Retomamos hoy nuestras reflexiones mensuales. Este mes tocaba hablar del perdón. Y me ha parecido oportuno recordar lo que aprendí de una profesora y teóloga ya fallecida prematuramente, Jutta Burggraf. Pude oír esta charla sobre aprender a perdonar en el Club Llar de Barcelona, y recuerdo muy bien cuánto me impactó su paz. Espero que os resulte interesante y esperanzadora.

Aprender a perdonar
Jutta Burggraf



I.              ¿Qué quiere decir «perdonar»?: 1. Reaccionar ante un mal.- 2. Actuar con libertad.- 3. Recordar el pasado.- 4. Renunciar a la venganza.- 5. Mirar al agresor en su dignidad personal.
II.            ¿Qué actitudes nos disponen a perdonar?: 1. Amor.- 2. Comprensión.- 3. Generosidad.- 4. Humildad.
III.            Reflexión final.
Todos hemos sufrido alguna vez injusticias y humillaciones; algunos tienen que soportar diariamente torturas, no sólo en una cárcel, sino también en un puesto de trabajo o en el entorno familiar. Es cierto que nadie puede hacernos tanto daño como los que debieran amarnos. "El único dolor que destruye más que el hierro es la injusticia que procede de nuestros familiares," dicen los árabes.
¿Cómo reaccionamos ante un mal que alguien nos ha ocasionado con cierta intencionalidad? Normalmente, desearíamos espontáneamente pegar a los que nos han pegado, o hablar mal de los que han hablado mal de nosotros. Pero esta actuación es como un bumerán: nos daña a nosotros mismos. Es una pena gastar las energías en enfados, recelos, rencores o desesperación; y quizá es más triste aún cuando una persona se endurece para no sufrir más.
Sólo en el perdón brota nueva vida. Por esto es tan importante educar en el "arte" de practicarlo.
I. ¿Qué quiere decir "perdonar"?
¿Qué es el perdón? ¿Qué hago cuando digo a una persona: "Te perdono"? Es evidente que reacciono ante un mal que alguien me ha hecho; actúo, además, con libertad; no olvido simplemente la injusticia, sino que renuncio a la venganza y quiero, a pesar de todo, lo mejor para el otro. Vamos a considerar estos diversos elementos con más detenimiento.
1. Reaccionar ante un mal
En primer lugar, ha de tratarse realmente de un mal para el conjunto de mi vida. Si un cirujano me quita un brazo que está peligrosamente infectado, puedo sentir dolor y tristeza, incluso puedo montar en cólera contra el médico. Pero no tengo que perdonarle nada, porque me ha hecho un gran bien: me ha salvado la vida. Situaciones semejantes pueden darse en la educación. No todo lo que parece mal a un niño es nocivo para él. Los buenos padres no conceden a sus hijos todos los caprichos que ellos piden; los forman en la fortaleza. Una maestra me dijo en una ocasión: "No me importa lo que mis alumnos piensan hoy sobre mí. Lo importante es lo que piensen dentro de veinte años." El perdón sólo tiene sentido, cuando alguien ha recibido un daño objetivo de otro.
Por otro lado, perdonar no consiste, de ninguna manera, en no querer ver este daño, en colorearlo o disimularlo. Algunos pasan de largo las injurias con las que les tratan sus colegas o sus cónyuges, porque intentan eludir todo conflicto; buscan la paz a cualquier precio y pretenden vivir continuamente en un ambiente armonioso. Parece que todo les diera lo mismo. "No importa" si los otros no les dicen la verdad; "no importa" cuando los utilizan como meros objetos para conseguir unos fines egoístas; "no importan" tampoco el fraude o el adulterio. Esta actitud es peligrosa, porque puede llevar a una completa ceguera ante los valores. La indignación e incluso la ira son reacciones normales y hasta necesarias en ciertas situaciones. Quien perdona, no cierra los ojos ante el mal; no niega que existe objetivamente una injusticia. Si lo negara, no tendría nada que perdonar(1).
Si uno se acostumbra a callarlo todo, tal vez pueda gozar durante un tiempo de una aparente paz; pero pagará finalmente un precio muy alto por ella, pues renuncia a la libertad de ser él mismo. Esconde y sepulta sus frustraciones en lo más profundo de su corazón, detrás de una muralla gruesa, que levanta para protegerse. Y ni siquiera se da cuenta de su falta de autenticidad. Es normal que una injusticia nos duela y deje una herida. Si no queremos verla, no podemos sanarla. Entonces estamos permanentemente huyendo de la propia intimidad (es decir, de nosotros mismos); y el dolor nos carcome lenta e irremediablemente. Algunos realizan un viaje alrededor del mundo, otros se mudan de ciudad. Pero no pueden huir del sufrimiento. Todo dolor negado retorna por la puerta trasera, permanece largo tiempo como una experiencia traumática y puede ser la causa de heridas perdurables. Un dolor oculto puede conducir, en ciertos casos, a que una persona se vuelva agria, obsesiva, medrosa, nerviosa o insensible, o que rechace la amistad, o que tenga pesadillas. Sin que uno lo quiera, tarde o temprano, reaparecen los recuerdos. Al final, muchos se dan cuenta de que tal vez, habría sido mejor, hacer frente directa y conscientemente a la experiencia del dolor. Afrontar un sufrimiento de manera adecuada es la clave para conseguir la paz interior.
2. Actuar con libertad
El acto de perdonar es un asunto libre. Es la única reacción que no re-actúa simplemente, según el conocido principio "ojo por ojo, diente por diente"(2). El odio provoca la violencia, y la violencia justifica el odio. Cuando perdono, pongo fin a este círculo vicioso; impido que la reacción en cadena siga su curso. Entonces libero al otro, que ya no está sujeto al proceso iniciado. Pero, en primer lugar, me libero a mí mismo. Estoy dispuesto a desatarme de los enfados y rencores. No estoy "re-accionando", de modo automático, sino que pongo un nuevo comienzo, también en mí.
Superar las ofensas, es una tarea sumamente importante, porque el odio y la venganza envenenan la vida. El filósofo Max Scheler afirma que una persona resentida se intoxica a sí misma(3). El otro le ha herido; de ahí no se mueve. Ahí se recluye, se instala y se encapsula. Queda atrapada en el pasado. Da pábulo a su rencor con repeticiones y más repeticiones del mismo acontecimiento. De este modo arruina su vida.
Los resentimientos hacen que las heridas se infecten en nuestro interior y ejerzan su influjo pesado y devastador, creando una especie de malestar y de insatisfacción generales. En consecuencia, uno no se siente a gusto en su propia piel. Pero, si no se encuentra a gusto consigo mismo, entonces no se encuentra a gusto en ningún lugar. Los recuerdos amargos pueden encender siempre de nuevo la cólera y la tristeza, pueden llevar a depresiones. Un refrán chino dice: "El que busca venganza debe cavar dos fosas."
En su libro Mi primera amiga blanca, una periodista norteamericana de color describe cómo la opresión que su pueblo había sufrido en Estados Unidos le llevó en su juventud a odiar a los blancos, "porque han linchado y mentido, nos han cogido prisioneros, envenenado y eliminado"(4). La autora confiesa que, después de algún tiempo, llegó a reconocer que su odio, por muy comprensible que fuera, estaba destruyendo su identidad y su dignidad. Le cegaba, por ejemplo, ante los gestos de amistad que una chica blanca le mostraba en el colegio. Poco a poco descubrió que, en vez de esperar que los blancos pidieran perdón por sus injusticias, ella tenía que pedir perdón por su propio odio y por su incapacidad de mirar a un blanco como a una persona, en vez de hacerlo como a un miembro de una raza de opresores. Encontró el enemigo en su propio interior, formado por los prejuicios y rencores que le impedían ser feliz.
Las heridas no curadas pueden reducir enormemente nuestra libertad. Pueden dar origen a reacciones desproporcionadas y violentas, que nos sorprendan a nosotros mismos. Una persona herida, hiere a los demás. Y, como muchas veces oculta su corazón detrás de una coraza, puede parecer dura, inaccesible e intratable. En realidad, no es así. Sólo necesita defenderse. Parece dura, pero es insegura; está atormentada por malas experiencias.
Hace falta descubrir las llagas para poder limpiarlas y curarlas. Poner orden en el propio interior, puede ser un paso para hacer posible el perdón. Pero este paso es sumamente difícil y, en ocasiones, no conseguimos darlo. Podemos renunciar a la venganza, pero no al dolor. Aquí se ve claramente que el perdón, aunque está estrechamente unido a vivencias afectivas, no es un sentimiento. Es un acto de la voluntad que no se reduce a nuestro estado psíquico(5). Se puede perdonar llorando.
Cuando una persona ha realizado este acto eminentemente libre, el sufrimiento pierde ordinariamente su amargura, y puede ser que desaparezca con el tiempo. "Las heridas se cambian en perlas," dice Santa Hildegarda de Bingen.
3. Recordar el pasado
Es una ley natural que el tiempo "cura" algunas llagas. No las cierra de verdad, pero las hace olvidar. Algunos hablan de la "caducidad de nuestras emociones"(6). Llegará un momento en que una persona no pueda llorar más, ni sentirse ya herida. Esto no es una señal de que haya perdonado a su agresor, sino que tiene ciertas "ganas de vivir". Un determinado estado psíquico -por intenso que sea- de ordinario no puede convertirse en permanente. A este estado sigue un lento proceso de desprendimiento, pues la vida continúa. No podemos quedarnos siempre ahí, como pegados al pasado, perpetuando en nosotros el daño sufrido. Si permanecemos en el dolor, bloqueamos el ritmo de la naturaleza.
La memoria puede ser un cultivo de frustraciones. La capacidad de desatarse y de olvidar, por tanto, es importante para el ser humano, pero no tiene nada que ver con la actitud de perdonar. Ésta no consiste simplemente en "borrón y cuenta nueva". Exige recuperar la verdad de la ofensa y de la justicia, que muchas veces pretende camuflarse o distorsionarse. El mal hecho debe ser reconocido y, en lo posible, reparado.
Hace falta "purificar la memoria". Una memoria sana puede convertirse en maestra de vida. Si vivo en paz con mi pasado, puedo aprender mucho de los acontecimientos que he vivido. Recuerdo las injusticias pasadas para que no se repitan, y las recuerdo como perdonadas.
4. Renunciar a la venganza
Como el perdón expresa nuestra libertad, también es posible negar al otro este don. El judío Simon Wiesenthal cuenta en uno de sus libros de sus experiencias en los campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial. Un día, una enfermera se acercó a él y le pidió seguirle. Le llevó a una habitación donde se encontraba un joven oficial de la SS que estaba muriéndose. Este oficial contó su vida al preso judío: habló de su familia, de su formación, y cómo llegó a ser un colaborador de Hitler. Le pesaba sobre todo un crimen en el que había participado: en una ocasión, los soldados a su mando habían encerrado a 300 judíos en una casa, y habían quemado la casa; todos murieron. "Sé que es horrible -dijo el oficial-. Durante las largas noches, en las que estoy esperando mi muerte, siento la gran urgencia de hablar con un judío sobre esto y pedirle perdón de todo corazón." Wiesenthal concluye su relato diciendo: "De pronto comprendí, y sin decir ni una sola palabra, salí de la habitación"(7). Otro judío añade: "No, no he perdonado a ninguno de los culpables, ni estoy dispuesto ahora ni nunca a perdonar a ninguno"(8).
Perdonar significa renunciar a la venganza y al odio. Existen, por otro lado, personas que no se sienten nunca heridas. No es que no quieran ver el mal y repriman el dolor, sino todo lo contrario: perciben las injusticias objetivamente, con suma claridad, pero no dejan que ellas les molesten. "Aunque nos maten, no pueden hacernos ningún daño," es uno de sus lemas(9). Han logrado un férreo dominio de sí mismos, parecen de una ironía insensible. Se sienten superiores a los demás hombres y mantienen interiormente una distancia tan grande hacia ellos que nadie puede tocar su corazón. Como nada les afecta, no reprochan nada a sus opresores. ¿Qué le importa a la luna que un perro le ladre? Es la actitud de los estoicos y quizá también de algunos "gurus" asiáticos que viven solitarios en su "magnanimidad". No se dignan mirar siquiera a quienes "absuelven" sin ningún esfuerzo. No perciben la existencia del "pulgón".
El problema consiste en que, en este caso, no hay ninguna relación interpersonal. No se quiere sufrir y, por tanto, se renuncia al amor. Una persona que ama, siempre se hace pequeña y vulnerable. Se encuentra cerca a los demás. Es más humano amar y sufrir mucho a lo largo de la vida, que adoptar una actitud distante y superior a los otros. Cuando a alguien nunca le duele la actuación de otro, es superfluo el perdón. Falta la ofensa, y falta el ofendido.
5. Mirar al agresor en su dignidad personal
El perdón comienza cuando, gracias a una fuerza nueva, una persona rechaza todo tipo de venganza. No habla de los demás desde sus experiencias dolorosas, evita juzgarlos y desvalorizarlos, y está dispuesta a escucharles con un corazón abierto.
El secreto consiste en no identificar al agresor con su obra(10). Todo ser humano es más grande que su culpa. Un ejemplo elocuente nos da Albert Camus, que se dirige en una carta pública a los nazis y habla de los crímenes cometidos en Francia: "Y a pesar de ustedes, les seguiré llamando hombres… Nos esforzamos en respetar en ustedes lo que ustedes no respetaban en los demás"(11). Cada persona está por encima de sus peores errores.
Hace pensar una anécdota que se cuenta de un general del siglo XIX. Cuando éste se encontraba en su lecho de muerte, un sacerdote le preguntó si perdonaba a sus enemigos. "No es posible -respondió el general-. Les he mandado ejecutar a todos"(12).
El perdón del que hablamos aquí no consiste en saldar un castigo, sino que es, ante todo, una actitud interior. Significa vivir en paz con los recuerdos y no perder el aprecio a ninguna persona. Se puede considerar también a un difunto en su dignidad personal. Nadie está totalmente corrompido; en cada uno brilla una luz.
Al perdonar, decimos a alguien: "No, tú no eres así. ¡Sé quien eres! En realidad eres mucho mejor." Queremos todo el bien posible para el otro, su pleno desarrollo, su dicha profunda, y nos esforzamos por quererlo desde el fondo del corazón, con gran sinceridad.
II. ¿Qué actitudes nos disponen a perdonar?
Después de aclarar, en grandes líneas, en qué consiste el perdón, vamos a considerar algunas actitudes que nos disponen a realizar este acto que nos libera a nosotros y también libera a los demás.
1. Amor
Perdonar es amar intensamente. El verbo latín per-donare lo expresa con mucha claridad: el prefijo per intensifica el verbo que acompaña, donare. Es dar abundantemente, entregarse hasta el extremo. El poeta Werner Bergengruen ha dicho que el amor se prueba en la fidelidad, y se completa en el perdón.
Sin embargo, cuando alguien nos ha ofendido gravemente, el amor apenas es posible. Es necesario, en un primer paso, separarnos de algún modo del agresor, aunque sea sólo interiormente. Mientras el cuchillo está en la herida, la herida nunca se cerrará. Hace falta retirar el cuchillo, adquirir distancia del otro; sólo entonces podemos ver su rostro. Un cierto desprendimiento es condición previa para poder perdonar de todo corazón, y dar al otro el amor que necesita.
Una persona sólo puede vivir y desarrollarse sanamente, cuando es aceptada tal como es, cuando alguien la quiere verdaderamente, y le dice: "Es bueno que existas"(13). Hace falta no sólo "estar aquí", en la tierra, sino que hace falta la confirmación en el ser para sentirse a gusto en el mundo, para que sea posible adquirir una cierta estimación propia y ser capaz de relacionarse con otros en amistad. En este sentido se ha dicho que el amor continúa y perfecciona la obra de la creación(14).
Amar a una persona quiere decir hacerle consciente de su propio valor, de su propia belleza. Una persona amada es una persona aprobada, que puede responder al otro con toda verdad: "Te necesito para ser yo mismo."
Si no perdono al otro, de alguna manera le quito el espacio para vivir y desarrollarse sanamente. Éste se aleja, en consecuencia, cada vez más de su ideal y de su autorrealización. En otras palabras, le mato, en sentido espiritual. Se puede matar, realmente, a una persona con palabras injustas y duras, con pensamientos malos o, sencillamente, negando el perdón. El otro puede ponerse entonces triste, pasivo y amargo. Kierkegaard habla de la "desesperación de aquel que, desesperadamente, quiere ser él mismo", y no llega a serlo, porque los otros lo impiden(15).
Cuando, en cambio, concedemos el perdón, ayudamos al otro a volver a la propia identidad, a vivir con una nueva libertad y con una felicidad más honda.
2. Comprensión
Es preciso comprender que cada uno necesita más amor que "merece"; cada uno es más vulnerable de lo que parece; y todos somos débiles y podemos cansarnos. Perdonar es tener la firme convicción de que en cada persona, detrás de todo el mal, hay un ser humano vulnerable y capaz de cambiar. Significa creer en la posibilidad de transformación y de evolución de los demás.
Si una persona no perdona, puede ser que tome a los demás demasiado en serio, que exija demasiado de ellos. Pero "tomar a un hombre perfectamente en serio, significa destruirle," advierte el filósofo Robert Spaemann(16). Todos somos débiles y fallamos con frecuencia. Y, muchas veces, no somos conscientes de las consecuencias de nuestros actos: "no sabemos lo que hacemos"(17). Cuando, por ejemplo, una persona está enfadada, grita cosas que, en el fondo, no piensa ni quiere decir. Si la tomo completamente en serio, cada minuto del día, y me pongo a "analizar" lo que ha dicho cuando estaba rabiosa, puedo causar conflictos sin fin. Si lleváramos la cuenta de todos los fallos de una persona, acabaríamos transformando en un monstruo, hasta al ser más encantador.
Tenemos que creer en las capacidades del otro y dárselo a entender. A veces, impresiona ver cuánto puede transformarse una persona, si se le da confianza; cómo cambia, si se le trata según la idea perfeccionada que se tiene de ella. Hay muchas personas que saben animar a los otros a ser mejores. Les comunican la seguridad de que hay mucho bueno y bello dentro de ellos, a pesar de todos sus errores y caídas. Actúan según lo que dice la sabiduría popular: "Si quieres que el otro sea bueno, trátale como si ya lo fuese."
3. Generosidad
Perdonar exige un corazón misericordioso y generoso. Significa ir más allá de la justicia. Hay situaciones tan complejas en las que la mera justicia es imposible. Si se ha robado, se devuelve; si se ha roto, se arregla o sustituye. ¿Pero si alguien pierde un órgano, un familiar o un buen amigo? Es imposible restituirlo con la justicia. Precisamente ahí, donde el castigo no cubre nunca la pérdida, es donde tiene espacio el perdón.
El perdón no anula el derecho, pero lo excede infinitamente. Es por naturaleza incondicional, ya que es un don gratuito del amor, un don siempre inmerecido. Esto significa que el que perdona no exige nada a su agresor, ni siquiera que le duela lo que ha hecho. Antes, mucho antes que el agresor busca la reconciliación, el que ama ya le ha perdonado.
El arrepentimiento del otro no es una condición necesaria para el perdón, aunque sí es conveniente. Es, ciertamente, mucho más fácil perdonar cuando el otro pide perdón. Pero a veces hace falta comprender que en los que obran mal hay bloqueos, que les impiden admitir su culpabilidad.
Hay un modo "impuro" de perdonar(18), cuando se hace con cálculos, especulaciones y metas: "Te perdono para que te des cuenta de la barbaridad que has hecho; te perdono para que mejores." Pueden ser fines educativos loables, pero en este caso no se trata del perdón verdadero que se concede sin ninguna condición, al igual que el amor auténtico: "Te perdono porque te quiero -a pesar de todo."
Puedo perdonar al otro incluso sin dárselo a entender, en el caso de que no entendería nada. Es un regalo que le hago, aunque no se entera, o aunque no sabe por qué.
4. Humildad
Hace falta prudencia y delicadeza para ver cómo mostrar al otro el perdón. En ocasiones, no es aconsejable hacerlo enseguida, cuando la otra persona está todavía agitada. Puede parecerle como una venganza sublime, puede humillarla y enfadarla aún más. En efecto, la oferta de la reconciliación puede tener carácter de una acusación. Puede ocultar una actitud farisaica: quiero demostrar que tengo razón y que soy generoso. Lo que impide entonces llegar a la paz, no es la obstinación del otro, sino mi propia arrogancia.
Por otro lado, es siempre un riesgo ofrecer el perdón, pues este gesto no asegura su recepción y puede molestar al agresor en cualquier momento. "Cuando uno perdona, se abandona al otro, a su poder, se expone a lo que imprevisiblemente puede hacer y se le da libertad de ofender y herir (de nuevo)"(19). Aquí se ve que hace falta humildad para buscar la reconciliación.
Cuando se den las circunstancias -quizá después de un largo tiempo- conviene tener una conversación con el otro. En ella se pueden dar a conocer los propios motivos y razones, el propio punto de vista; y se debe escuchar atentamente los argumentos del otro. Es importante escuchar hasta el final, y esforzarse por captar también las palabras que el otro no dice. De vez en cuando es necesario "cambiar la silla", al menos mentalmente, y tratar de ver el mundo desde la perspectiva del otro.
El perdón es un acto de fuerza interior, pero no de voluntad de poder. Es humilde y respetuoso con el otro. No quiere dominar o humillarle. Para que sea verdadero y "puro", la víctima debe evitar hasta la menor señal de una "superioridad moral" que, en principio, no existe; al menos no somos nosotros los que podemos ni debemos juzgar acerca de lo que se esconde en el corazón de los otros. Hay que evitar que en las conversaciones se acuse al agresor siempre de nuevo. Quien demuestra la propia irreprochabilidad, no ofrece realmente el perdón. Enfurecerse por la culpa de otro puede conducir con gran facilidad a la represión de la culpa de uno mismo. Debemos perdonar como pecadores que somos, no como justos, por lo que el perdón es más para compartir que para conceder.
Todos necesitamos el perdón, porque todos hacemos daño a los demás, aunque algunas veces quizá no nos demos cuenta. Necesitamos el perdón para deshacer los nudos del pasado y comenzar de nuevo. Es importante que cada uno reconozca la propia flaqueza, los propios fallos -que, a lo mejor, han llevado al otro a un comportamiento desviado-, y no dude en pedir, a su vez, perdón al otro.
III. Reflexión final
Hemos hablado de una labor interior auténtica y dura. No podemos negar que la exigencia del perdón llega en ciertos casos al límite de nuestras fuerzas. ¿Se puede perdonar cuando el opresor no se arrepiente en absoluto, sino que incluso insulta a su víctima y cree haber obrado correctamente? ¿Puede una madre perdonar jamás al asesino de su hijo? Podemos perdonar, por lo menos, a una persona que nos ha dejado completamente en ridículo ante los demás, que nos ha quitado la libertad o la dignidad, que nos ha engañado, difamado o destruido algo que para nosotros era muy importante? Quizá nunca será posible perdonar de todo corazón, al menos si contamos sólo con nuestra propia capacidad. Pero un cristiano cuenta, además, con la ayuda todopoderosa de Dios. "Con mi Dios, salto los muros," canta el salmista. Podemos referir estas palabras a los muros que están en nuestro corazón. Con la ayuda de buenos amigos y, sobre todo, con la gracia de Dios, es posible realizar esta tarea sumamente difícil y liberarnos a nosotros mismos. Perdonar es un acto de fortaleza espiritual, un gran alivio. Significa optar por la vida y actuar con creatividad.
Sin embargo, no parece adecuado dictar comportamientos a las víctimas. Hay que dejar a una persona todo el tiempo que necesite para llegar al perdón. Si alguien le acusara de rencorosa o vengativa, engrandaría su herida. Santo Tomás de Aquino, el gran teólogo de la Edad Media, aconseja a quienes sufren, entre otras cosas, que no se rompan la cabeza con argumentos, ni leer, ni escribir; antes que nada, deben tomar un baño, dormir y hablar con un amigo(20). En un primer momento, generalmente no somos capaces de aceptar un gran dolor. Antes que nada, debemos tranquilizarnos, aceptar que nos cuesta perdonar, que necesitamos tiempo. Seguir el ritmo de nuestra naturaleza nos puede ayudar mucho. No podemos sorprendernos frente a tales dificultades, tanto si son propias, como si son ajenas.
Si conseguimos crear una cultura del perdón, podremos construir juntos un mundo habitable, donde habrá más vitalidad y fecundidad; podremos proyectar juntos un futuro realmente nuevo.
 Para terminar, nos pueden ayudar unas sabias palabras:
 "¿Quieres ser feliz un momento? Véngate. 
¿Quieres ser feliz siempre? Perdona".

domingo, 24 de noviembre de 2013

Sesión de noviembre 2013

“De esposas abandonadas a  futuras abuelas: cómo influir en las próximas generaciones”

Ya hemos hablado en otras ocasiones de la educación de los hijos. Y seguiremos hablando, porque es como la vida: inagotable.
La educación de nuestros hijos con el ejemplo vivido en el seno de nuestra familia sin padre, llegará a los nietos, desde luego. Nosotras, como abuelas, no educaremos de primera mano a nuestros nietos,  porque eso es labor de su padre y su madre. Pero sí que, a través de lo que sean nuestros hijos e hijas, padres y madres ahora, nuestros nietos se verán influidos de forma coherente con lo que entendemos por familia, vida, matrimonio…
De ahí la importancia capital de replantearnos regularmente qué queremos transmitir a nuestros hijos. Y ser muy conscientes de que nadie más va a transmitírselo. Responsabilidad grave…
  • ·         El valor del matrimonio. Aunque nuestros hijos nos hayan visto vivir solas nuestro matrimonio, este existe, mientras exista nuestro marido y nosotras mismas. Esto sólo se puede transmitir con el ejemplo: hay que ser el centro de la familia y acoger a nuestros hijos y sus familias a nuestro alrededor. En algunos casos, incluso se acoge al marido, si no hay perjuicio en la familia, cada una tiene experiencia.
  • ·         La generosidad y el perdón, ejemplo para los hijos. Quizá, incluso los nietos puedan ser elementos de unión: Dios hace su trabajo de forma única en cada caso.
  • ·         No interferir en la libertad de los hijos…intentando acaparar quizá su cariño, respeto, etc. Fomentar siempre el amor y respeto a su padre, incluso en las más penosas circunstancias, ser exquisita en ello, más vale “pecar” por exceso  de caridad…que ser rigorista o justiciera. La justicia es de Dios. A nosotras nos ha sido encomendada la caridad…

En muchos casos, la tentación de orgullo es muy fuerte. Difícil de resistir. Necesitamos recordarnos que el marido abandona a la esposa, muchas veces no tiene intención patente de desentenderse de los hijos. Es cierto que no es coherente querer ocuparse de los hijos y abandonar el matrimonio. Pero tampoco debemos interponernos. Dar criterio, sembrar…y esperar.
  • ·         Enseñar a los hijos a tratar a sus padres en el futuro, con el ejemplo de cómo tratas a tus padres y suegros en la actualidad. Aquí aparece la otra gran tentación: la venganza, el revanchismo. Que no paguen justos por pecadores. La sucesión de generaciones es una cadena. Nuestras acciones tienen  un efecto sucesivo, más allá de nuestro propio hogar.


Replantéate qué quieres dejar detrás: Imagínate rodeada de tus hijos y nietos. Cómo quieres que ellos entiendan lo más grande de la vida, de la persona, de nuestras acciones. No será posible empezar este trabajo en tus últimas semanas, es algo que ya hemos empezado, viviendo la fidelidad a nuestro matrimonio, con la esperanza de que, a pesar de todo, se puede ser feliz con nuestros hijos y nietos. Estas semillitas que vamos esparciendo hoy, a veces a tientas, darán su fruto. Dios lo ha prometido: “Todo es para bien de los que le aman (al Señor)”  Rom 8, 28-30.

viernes, 15 de noviembre de 2013


Estas semanas estoy haciendo un COF del Fert, Curso de Orientación Familiar, correspondiente a la etapa educativa de la adolescencia. En el caso que analizábamos el pasado lunes veíamos cómo, para educar bien a un adolescente, lo más importante es enseñarle a amar y dejarle bien clarito que es amado.
Todos los padres asistentes pensamos lo mismo. Sí, muy bien, cierto, pero...¿cómo? Danos consejos y pautas...
Y esto es lo que nos recomendaron para afrontar cada momento de interacción con nuestros adolescentes (yo tengo tres a la vez...y sin padre en casa...):

  1. Serenidad.
  2. Paciencia.
  3. Optimismo.
  4. Alegría.
  5. Perdón.
Son cinco actitudes ante la vida que os propongo hoy para meditar.
Y os recomiendo hacer estos cursos si tenéis oportunidad. Para más info http://www.fert.es/es/
Buen fin de semana, y animaos a asisitir el domingo a las manifestaciones provida en vuestras ciudades, aquí en BCN el plaza sant Jaume a las 11.30.
cristina

jueves, 7 de noviembre de 2013

LA CASTIDAD EN LAS SEPARADAS CATÓLICAS
REDES
(sesión de octubre de 2013)

Primero, ¿qué es la castidad?
Es uno de los temas difíciles para todo cristiano, porque “todo bautizado es llamado a la castidad. El cristiano se ha "revestido de Cristo" (Ga 3, 27), modelo de toda castidad. Todos los fieles de Cristo son llamados a una vida casta según su estado de vida particular. En el momento de su Bautismo, el cristiano se compromete a dirigir su afectividad en la castidad.” (CIC  - Catecismo de la Iglesia Católica- 2348)
“La vocación a la castidad: La castidad significa la integración lograda de la sexualidad en la persona, y por ello en la unidad interior del hombre en su ser corporal y espiritual. La sexualidad, en la que se expresa la pertenencia del hombre al mundo corporal y biológico, se hace personal y verdaderamente humana cuando está integrada en la relación de persona a persona, en el don mutuo total y temporalmente ilimitado del hombre y de la mujer”. (CIC 2337)
La castidad "debe calificar a las personas según los diferentes estados de vida: a unas, en la virginidad o en el celibato consagrado,  manera eminente de dedicarse más fácilmente a Dios solo con corazón indiviso; a otras, de la manera que determina para ellas la ley moral, según sean casadas o célibes". Las personas casadas son llamadas a vivir la castidad conyugal; las otras practican la castidad en la continencia”. (CIC 2349)
Como cristaianas, en este tema como en todos, debemos intentar no desvirtuar el evangelio, sino tratar de vivirlo de forma positiva, y no como prohibición sino como donación y entrega. El sacrificio que vivimos tras el abandono de nuestros maridos, viviendo la continencia, es un arma poderosa que Dios cambia por bienes  para nosotras y nuestros hijos.
La castidad es para todos. Se trata de vivir el amor de Dios, que Dios nos ofrece a todos, en lugar de estarse prohibiendo cosas. Si no la vivimos, perdemos la paz.  Y nuestros hijos lo notan. Es matemático.

Habrá muchas situaciones en nuestra casuística de separadas:
-         Quien eche de menos al marido.
-         Quien siga enamorada de él.
-         Quien no quiera ni recordar que existe…
En todas ellas nuestro corazón está roto, dolido, desgarrado. La única cura posible no necesariamente es la reconciliación o el enamoramiento de otro.  La única cura es el corazón libre y ser auténticas y testigos de la fidelidad a la que hemos sido llamadas especialmente; esta vocación de ejemplo se hace más visible que en los casados no separados.
El CIC explica que la castidad se integra en la virtud cardinal de la templanza, “La castidad implica un aprendizaje del dominio de sí, que es una pedagogía de la libertad humana. La alternativa es clara: o el hombre controla sus pasiones y obtiene la paz, o se deja dominar por ellas y se hace desgraciado.” (2339)
Un moralista belga explica que “en materia de castidad lo más fácil es el dominio completo. Andar a medias es muy peligroso»

Como mujeres,  es posible que sintamos más un impulso a la afectividad compartida que a la sexualidad completa, por nuestra propia naturaleza. Pero buscar satisfacción a esa necesidad de contacto físico afectivo con un hombre sólo nos traerá a corto, medio y largo plazo problemas, pérdida de paz. Y lo más importante: afectará directamente a nuestros hijos (sobre esto, recomiendo leer Ida Elizabeth, de Sigrid Undset)

Consejos prácticos para vivir la castidad como casadas separadas:
  • ·        Vida interior poderosa: confesión y eucaristía; oración. La Virgen como escudo protector.
  • ·        Prevenir y/o sanar

. Prevenir: protegernos de situaciones arriesgadas.
  • ·        Huir del sentimentalismo
  • ·        Distraerse…en fin, de la misma manera que, sin estar separada, también tendrías que luchar si te sintieras atraída por un compañero de trabajo, por un amigo de la familia...

Porque la amistad con hombres puede ser fuente de problemas: si son amigos anteriores a la separación y personas católicas y formadas, menos riesgo. Pero el riesgo no está en los otros: está primero en mí, en mis deseos, en mi imaginación desbordada, etc. Debo aprender a vivir una afectividad ordenada a la fidelidad. Todo va rápido: en cuanto dejas un resquicio al demonio, se te cuela un sentimiento, te empiezas a autojustificar y buscar excusas…acabas comprometida, casada por lo civil, tus hijos tiene dos figuras masculinas en su vida…
Investigando este tema, me ha ayudado este comentario de un lector de Infocatólica: “Hay como una compasión exagerada (hacia los divorciados vueltos a casar), como un victimismo, que se deja ver en especial cuando dicen «Si la realidad es tan cruda…»,
 « ¿es que no son de la Iglesia o nada pueden hacer en ella?»... ¡No! Nadie les está marginando. Lo que ocurre es tan sencillo como que no se puede estar en Misa y repicando, como dice el refrán. Si uno decide estar re-picando/re-pecando, no podrá estar en Misa, a no ser que tenga el Don de la Bilocación”
En conclusión: ante un tema tan complicado, medidas importantes. La fidelidad al vínculo matrimonial vivida unilateralmente es una de las cosas más difíciles que podemos tener entre manos. Si has optado por el camino de la fidelidad a Dios y a tu matrimonio, cree con la fe que Dios te ayuda.




miércoles, 30 de octubre de 2013



ENTRAR POR LA PUERTA ESTRECHA

En la educación de los hijos llega un momento en que nos vemos paradas con ellos ante estas dos puertas. Muy frecuentemente en la adolescencia. A veces el tránsito es suave, gradual, un poco de tira y afloja...y ya está.
Otras veces no hay manera. Una y otra vez intentan lanzarse sin freno por la puerta ancha: "no hago los deberes, total, para qué? No me comunico con mi familia, porque, claro, mi madre no me entiende... La culpa es suya...
Voy a ver si encuentro algún amigo en Facebook...o voy a jugar a ese juego que, sí, es bastante violento o indecoroso, pero...mola!
Este domingo me escaqueo de misa. Igual mañana hago como que me voy al colegio...pero me voy por ahí.
Uff, después de cuatro gritos a mi madre y dos patadas a la puerta, qué a gusto me he quedado!"
Y así podríamos seguir con la casuistica de cada familia.
Este es un momento crucial, de crisis: Si le dejas continuar por ahí, una vez haya franqueado la puerta ancha, fácil, del escapismo y la comodidad instantanea...cada vez será más difícil. Porque esta disyuntiva se repite cada vez, ante cada opción, cosas grandes y pequeñas, grandes decisiones y opciones cotidianas.
Pero si lo guías por la puerta estrecha y consigue entrar, descubrirá por sí mismo, por sí misma, que tras la puerta estrecha se esconde la felicidad.
Deberás guiarlo, acompañarlo, sufrir con él o ella ante la puerta. Repescarlo todas las veces que se vaya hacia atrás, asustado. Deberás anticiparle las consecuencias de una y otra opción. Con perseverancia, tenacidad y esperanza. Sobre todo esperanza, de esa en lo que sabemos que es, pero que no hemos visto. Se puede. Duele. Lloras mucho como madre, con ellos y por ellos, por ti que estás sola. Pero se puede. No les permitas acostumbrarse a la puerta ancha.